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BUNBURY: fin de gira

Después de cancelar varios conciertos en junio por el desprendimiento de retina del guitarrista Jordi Mena y no poder actuar en Valencia debido a la lluvia, BUNBURY regresó en directo en diciembre... y presentó su nuevo trabajo: "MADRID, ÁREA 51". Descubre lo acontecido en su último concierto de la mano de nuestro corresponsal Jesús F. Úbeda y recuerda parada a parada, su Palosanto Tour 2014.


"MADRID, ÁREA 51" es un doble CD y doble DVD grabado en el concierto que BUNBURY ofreció el pasado 29 de junio en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid para presentar "Palosanto". La fecha de lanzamiento mundial de este disco en directo será el 25 de noviembre, unos días antes de los conciertos que ofrecerá en diciembre en España, los llamados "Últimos conciertos en la tierra" y con los que dará por concluido el Palosanto Tour 2014.



 


Disfruta del final de "Últimos conciertos en la Tierra" con la crónica del sábado 20 de diciembre y desgusta las anteriores paradas que redactó en su momento nuestro enviado especial JESÚS F. ÚBEDA.



DESPEDIDA Y CIERRE (TEMPORAL)

La memoria es un mundo perdido que se redescubre conjugando en presente de indicativo el verbo “vivir”. El de la noche del sábado era el quinto –en junio, en Valencia, la lluvia lo mató- concierto de Enrique Bunbury que me comía, valga la expresión, este año. Lo avistaba con ganas, pero con esa sensación de saber de qué va el asunto, de tener la lección aprendida, sin esperar demasiadas sorpresas. Y encima, con faringitis. Ay, diodeno, cuánto te (me) falta por aprender.

Entonces sonó el vals. “Uf, lo había olvidado”, le conté a Víctor Judez. Y, por última vez, por los siglos de los siglos, Bunbury bajó de ese OVNI que le colocaba en el epicentro del Palosanto Tour. Rugen Los Santos Inocentes, y el cantante proclama: “Despierta, todo ha cambiado. / Nada es cómo habíamos imaginado”. El mundo vuelve a empezar. Los prejuicios, o como se llamen, se desmontan. La garganta te empuja y cantas. Verás mañana la faringitis.

“El club de los imposibles”. “Los inmortales”. “Contracorriente”. A medida que pasan las canciones, agoniza una gira que arrancó el 1 de enero de este año, en México. “En esta tierra tengo mi hogar”, canta Bunbury en “Hijo de Cortés”. Y cierra en la capital del Reino/Estado, de España, aunque le den miedo los nacionalismos. Son las líneas finales de un guión muy bien escrito. Las caras de Benjamín Prado, Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo y Ortega y Gasset presiden los menhires (o dólmenes; olvidé la lección de Conocimiento del Medio) en “Salvavidas”. Canta “Puta desagradecida” –esa es para Amaral, murmura el respetable en voz alta- y “Prisioneros”, en solitario. Los cañones disparan las papelinas brillantes en “El viento a favor”. Se termina la función. Menudo conciertazo. Menuda giraza.

Termina el show y me sobrepasa un huracán de nombres: Víctor, Nacho, Marisa, Álvaro, Robert, Quino, Enrique, Paula, Jose (sin acentuar), Jordi, Ramón, etcétera. Abrazos, qué tal estás, y ahora a descansar, eh, sí, pero que nadie se asuste, que “hay proyectos”, así, en abstracto, no se puede contar más, hay que respetar a las fuentes.
Ahora toca ponerse la bufanda, beberse un vaso de leche caliente con miel, cuidarse, en definitiva, y gritar, pese al óxido de mis cuerdas vocales, viva Enrique Bunbury. El guerrero descansará, cargará sus baterías, y volverá. ¿Cuándo? Cuando le dé la gana. Y entonces le estaremos esperando de nuevo, y le aplaudiremos, y le volveremos a decir “gracias” por su arte.




PRIMERA PARADA: BARCELONA

Escribo mientras hago la digestión mental de unos acontecimientos que, creo, todavía no he asumido. Quedaron atrás el retraso del vuelo, el atasco cansino durante el trayecto que va desde el aeropuerto de El Prat hasta el Palau Sant Jordi. También, ya puestos, la señora que, por teléfono, le decía a su hija post-adolescente que esta noche no salía de fiesta porque le había quedado hasta el recreo.

Lo primero que este peatón se encuentra en los alrededores del Palau es una cola anacóndica que rodea el recinto: fans con camisetas de Palosanto, de otros discos, de Bunbury a secas, de Héroes del Silencio. También hay peña con camisetas de los Sex Pistols y hasta algún polo de Lacoste.

En la entrada, me rescata Marisa Corral de un guardia de seguridad que no me deja pasar, y me lleva a su oficina. Primero me presenta a Nacho y a Víctor, me tratan muy bien, me ofrecen cerveza y agua. Mientras, en el escenario, Bunbury y Los Santos Inocentes prueban sonido. Suena “Los inmortales”. Termina la prueba y Marisa y Nacho me presentan: que si a Álvaro Suite, que si a Rebe, que si a Robert Castellanos, “el mejor bajista del Llobregat”, que si a Ramón Gacías, que si al propio Enrique. Le confieso el respeto, sinónimo de miedo, le digo que acabo de licenciarme. Me pregunta en qué. Respondo que Periodismo, y añado que la profesión está muy mal. Vuelve la banda a los escenarios: nueva prueba de sonido con Loquillo, ensayan dos veces “Apuesta por el rock&roll”. Concluyen los prolegómenos. El cronómetro ambiental empieza a marcar números rojos.

La arena está muy poblada a eso de las nueve y cuarto. Quince minutos después, el público reclama la presencia del artista sobre el escenario. A las 21:35 suena un vals, un ovni preside la pantalla, van saliendo los músicos, y pumba: iluminado por el objeto volador no identificado, empieza a presidir el escenario Bunbury. “Despierta” es el primer golpe. El público lo recibe con ganas y se desgañita en el estribillo. Decía Enrique entre bastidores: “Por lo menos, que nos aplaudan”. Misión cumplida.

No soy muy partidario de diseccionar los conciertos como si de un cadáver se tratara, pero sí conviene decir que el guión del Palosanto Tour pasa por las cosas que cambian, por los clubes imposibles y los semáforos verdes, por los extranjeros que no tienen ni patria ni bandera –alguien silbó cuando Bunbury cantó: “Los nacionalismos, ¡qué miedo me dan!”- y, por supuesto, por los inmortales, por quienes no están más altos que el cielo, por los salvavidas: su último trabajo es la columna vertebral del espectáculo. Antes de interpretar “Destrucción masiva”, el cantante tuvo un recuerdo para el nuevo rey, Felipe VI. Dijo que el sistema estaba en las últimas. Yo, ahí, no me meto.

El público barcelonés/catalán/español tenía hambre de Bunbury, fue caluroso, cantor y se sorprendió: el show que ahora presenta el músico aragonés es compacto, sensitivo y redondo. Nunca antes había ofrecido un espectáculo tan visual y llamativo, en el que se cuelan imágenes de La naranja mecánica de Stanley Kubrick, Salvador Dalí o campos de maíz con símbolos extraterrestres. El artista notó el calor del público y, tras preguntar al personal si tenía algo que hacer el viernes por la mañana, brindó una segunda tanda de bises.

Concluyo diciendo, al modo granadino, que Bunbury ha tenido un arranque en España “de la vin, compae”, que su equipo se ha portado conmigo de maravilla, y que Igor Paskual, a quien conocí tras el concierto, mola más que Chester Cheetos. Y ahora, pongo rumbo a Zaragoza.

JESÚS F. ÚBEDA

SEGUNDA PARADA: ZARAGOZA

Zaragoza grita, aplaude hasta la llaga en la palma, reclama más canciones de un tipo que ha demostrado, por enésima vez, que es profeta en su tierra. Se olía un concierto especial, se entiende y se produce: el show que Bunbury ofrece en su ciudad natal desmonta el tópico de que segundas partes nunca fueron buenas: el de la capital aragonesa ha sido un concierto tan bueno como el que hizo en la ciudad condal.

El Pabellón Príncipe Felipe, recinto de nombre desfasado por razones recientes y evidentes, ofrece pocos enchufes, muchos pasillos, un buen sonido y un escenario a conquistar. Se sabe un concierto distinto desde el principio: buena parte del equipo es zaragozano, se prevén familiares, un plus de estrés/compromiso –elija vocablo el lector-. Saludo a Marisa –“obvia mi nombre y pon MC”, me dice de broma-, a Nacho y a Víctor: les ha gustado la primera crónica, no me han mandado a freír gárgaras, siguen brindando solidaridad, facilidades y trabajo.

En la prueba de sonido, Dani Baraldes, “Dani Patillas” ejerce de Jordi Mena en “Plano secuencia”, la canción más especial de Palosanto para Bunbury. Posteriormente, durante el concierto, al guitarrista se le nota más suelto que en la cita de Barcelona, cobrando protagonismo en “Hijo de Cortés”, “Porque las cosas cambian” o en “Infinito”. Hablo con él: alaba a su maestro, quien le potenció desde los 14 ó 15 años. Me cuenta cómo vivió en persona el problema de salud de Mena, quien colaboraba para un trabajo personal de Dani. El nuevo guitarrista de Bunbury se define como ejecutor, y califica a Mena como el “mejor guitarrista de rock de España”. Ironías del momento: la banda de Rulo, a la que pertenece Jordi, toca este mismo sábado en un festival que se llama “Derrame”.

“Qué placer estar con todos ustedes, estar en casa”, saluda Bunbury antes de arrancar con “Los inmortales”. Boxea en “Contracorriente” y pasa de acordarse de Felipe VI, como ya hiciera en Barcelona, antes de cantar “Destrucción masiva”. Manchas de sangre sobre marcas de primera: Barclays, The Economist, Starbucks, Siemens. Puestos a opinar, chorreo con la versión actual de “Deshacer el mundo”, única concesión a los Héroes del Silencio en Zaragoza, con un maquillaje que recuerda a Tom Waits, mientras se alternan desfiles militares y antidisturbios golpeando a manifestantes. “Nos veremos en el exilio o en la celda”, qué buen verso. Conozco a Francisco Javier “Alca”, organizador del Día H, o sea, un evento que conmemora/recuerda a los Héroes. Me cuentan cosas del reencuentro de la banda en el 2007. 

En los bises, Rafa Domínguez “Mariachi”, miembro de El Huracán Ambulante, toca la guitarra en “Bujías para el dolor” y “Sácame de aquí”. Bunbury lo presenta haciendo referencia a círculos cerrados, a reencuentros. Se refiere de nuevo a la tierra. Intenta poner en práctica la teoría de que este concierto de Zaragoza es especial, no es uno más. Lo ha conseguido con creces. Termina el show. Unos cuantos nos juntamos en torno a una tortilla y a unos bocadillos. Rulan las cervezas Ámbar, las botellas de agua y las servilletas. Cierro el texto antes de que desaparezca la manduca –hay hambre, para qué mentir. Próxima estación: Bilbao. Hasta entonces, pues..

JESÚS F. ÚBEDA

TERCERA PARADA: BILBAO

Agradable y bendita  la metamorfosis meteorológica que ofrece Bilbao, urbe fresca y nubosa, respecto a Madrid, con su calor pegajoso y continental. En este sentido, parece que la bella ciudad vasca se ha quedado anclada en febrero. Sin embargo, el calendario manda y marca que estamos a 27 de junio, y la agenda musical, por su parte, señala que Enrique Bunbury actúa en el Palacio Euskalduna, el “Mejor palacio de congresos del mundo” en 2003, según rezan varios carteles por los alrededores.

Entre los del laberinto del rey Minos y los de El resplandor se encuentran los pasillos del Euskalduna. Es difícil transitar de un lugar a otro sin preguntar a algún guardia de seguridad: “¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?” –perdón por la trascendencia. Prueba de sonido. Sin buscarlo, me planto en la parte trasera del escenario, justo detrás de Ramón Gacías, baterista. La banda prueba “Prisioneros”, “El hombre delgado que no flaqueará jamás” y “Hay muy poca gente”. Saludo a Robert Castellanos, bajista, y veo por primera vez cuál es el campo de visión de Los Santos Inocentes –y de Bunbury, claro. No tarda en llegar el cantante. Mientras saluda, Álvaro Suite ‘juega’ con su guitarra, interpretando fragmentos de “Sweet Jane” de The Velvet Underground y “Starman”, de David Bowie. “Mi primer éxito de ventas”, me dice de cachondeo.

En camerinos, Rebe (teclista), Ramón y Robert me cuentan cómo se formó la actual banda del artista aragonés: Gacías ya había sido baterista con El Huracán Ambulante; Rebe y Álvaro Suite se incorporaron durante el período de El tiempo de las cerezas; faltaban un bajista y un guitarrista: Álvaro incorporó a Robert; Rebe, a Jordi. El primer contacto grupal se produjo “en la furgoneta, escuchando a Wilco”, horas antes de empezar a grabar Hellville de luxe. Quino fue un fichaje posterior. ¿Y Dani? Rebe alaba su rápida adaptación y su talento: “Y es más guapo que Jordi o, al menos, tiene pelo”, bromea.

Atraviesa la ría un barco en el que está tocando una banda de punk-rock. Hablo con Robert del que ha sido, seguramente, el concierto del año: el de los Rolling Stones en el Bernabéu. Me habla de su admiración, me enseña un tatuaje con la icónica lengua y una cadena a lo Keith Richards. Califica el evento como un gran espectáculo y señala que a los Jagger, Richards, Wood y Watts les queda todavía mucho que contar y cantar.

En cuanto al show de Bunbury en Bilbao, tirando de impresiones, y refugiándome en la subjetividad de mis oídos, el del Euskalduna ha sido el concierto que mejor ha sonado de los tres que Bunbury ha ofrecido en España en su Palosanto Tour 2014. Lo decía Rebe después: “Por algo el sitio se llama auditorio”. No es que Bunbury y los Santos Inocentes hayan tocado “más/menos” o “mejor/peor” que en Zaragoza o en Barcelona, sino que el ecosistema ofrecía unas condiciones acústicas idóneas.

¿Desventajas del lugar? Un concierto se disfruta más, en mi opinión, brincando y bebiendo que sentado en una butaca. Sin embargo, precisamente por ese encorsetamiento, es más palpable y anárquica la pasión del respetable cuando este se desata: ya en “Despierta”, buena parte del público se levantó de su localidad y, poco a poco, la gente fue acercándose al escenario. La locura se desató cuando, en los compases finales del show, Bunbury bajó y cantó muy cerca de sus fans, chocando la mano de alguno. Además, hubo numerosas referencias a Euskadi, a la tierra y a la cultura; yo me quedo con las del vídeo que ilustró “Salvavidas”, en el que aparecieron Miguel de Unamuno o Fernando Aramburu. En el ‘set-list’, la nota diferencial la protagonizó “Prisioneros”. Tras “El viento a favor”, aplauso final, saludo y despedida.

Finalizó mencionando al Gambita –ahora que caigo, creo que no se apodaba así- y a su manager. El primero intentó ilustrarnos con una rumba vasca acompañada de una guitarra especial, “apañada” con recursos tecnológicos dignos de Bricomanía, a la que apodaba su “caramelito”. Dijo que le gustaba la poesía de Miguel Fernández (sic).

JESÚS F. ÚBEDA

CUARTA PARADA: MADRID

La multitud que ha ‘okupado’ la arena y las butacas del Palacio de los Deportes de la capital de la piel del toro, extraña plaza conquistada tanto por el solemne Leonard Cohen como por la casquivana Miley Cyrus, demuestra que, musicalmente, Madrid sigue gozando de buena salud –pese a las restricciones callejeras del consistorio regido por Ana Botella-, que sigue siendo destino universal del rock, y que no solo es principado republicano del icónico Sabina.

Enrique, Enrique, Enrique, ha coreado en más de una ocasión un respetable multitudinario, efervescente, cálido. No me atrevo a analizar el porqué, pero la vorágine, el alboroto, las ganas y el hambre que ha demostrado el público madrileño ha sido algo superlativo. El show se rueda, hay no sé cuántas cámaras, millones de cables, una pila de técnicos. Jordi Mena returns. El genial guitarrista, ya recuperado de su operación ocular, es la gran novedad instrumental respecto a los espectáculos anteriores en España. En la prueba de sonido, Quique González y Bunbury interpretan “Bujías para el dolor”. Intensidad, precisión, y Jordi conquistando el escenario. El concierto promete desde los prolegómenos. El solo del guitarrista catalán, impecable, preciso, poderoso. Durante su paréntesis no ha acumulado telarañas –al menos, aparentemente.

Al comenzar el show, un fan grita: “¡Vivan los extraterrestres!”, cuando aparece el vídeo del OVNI que precede a “Despierta”. El público del ruedo madrileño está que muerde. El primer tema es cantado/coreado/gritado con vitalidad, hambre y cierta rabia. Madrid es la capital del reino, de la manifestación, de la concentración, de la reivindicación social/política/económica. El foro empatiza con los temas de Palosanto hasta el delirio, en parte por Bunbury y por su banda, pero también quizás, por la delegada del Gobierno, por los antidisturbios, por las detenciones.

En “Ódiame”, el Palacio ruge junto a Bunbury. Es el único tema de Licenciado cantinas que figura en el repertorio. Aclamado, bailado, cantado: acciones que demuestran que ese “descanso del guerrero” ha calado en los consumidores del arte del músico aragonés. Personalmente y a destiempo, escribo: gracias, Enrique, por descubrirnos todo un mundo musical lejano, hermoso y sabio.

Poco después, dice Bunbury: “Vamos a tocar algo de Hellville de luxe”. Un grupo del público responde: “¡Rock&roll!”. Suena “Porque las cosas cambian”, una canción que, por filosofía, hubiera encajado perfectamente en Palosanto. A mi lado, por cierto, se encuentra el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz, instructor, entre otros, del caso que investiga el asesinato de José Couso. Aplaude desde la butaca, formal, mientras su acompañante canta/baila de pie –ella se las sabe todas. En “El extranjero”, Pedraz se levanta. Es inevitable.

“Salvavidas” me (re) conquista: una de las canciones más personales y, quizás, dramáticas de Palosanto, suena mejor que nunca y se ilustra mejor que nunca: en los dólmenes tradicionales del vídeo, aparecen, entre otros, Francisco Umbral, Francisco de Quevedo y Lope de Vega. Magnífico guiño a la literatura universal española de Bunbury. Me quito el sombrero ante su buen gusto.

Después, ya en el tramo final, los invitados: Iván Ferreiro canta en “El cambio y la celebración”; Quique González, el potente “Bujías para el dolor”. Bunbury ha celebrado un concierto sobresaliente y ha grabado “un coso, un DVD, o un blu-ray, como se llame ahora”, de igual calificación. Después viene el compadreo, el paseo, la conversación cercana. Avisto con cierta pena el fin de gira. La experiencia está siendo excesivamente intensa y agradable. Me han invitado a cubrir la gira conjunta con Calamaro. Lo veo mediática y económicamente imposible. Sé que los voy a echar de menos. Mas queda una parada, Valencia, y la pienso disfrutar hasta la cicatriz.

JESÚS F. ÚBEDA

QUINTA PARADA: VALENCIA

Arrancan los conciertos del Palosanto Tour 2014 con un conocido vals de Shostakovich y yo, que soy plumilla de glosas, apunté en mi cuaderno de bachiller que, para la última crónica, había que relacionar, literariamente, la pieza del compositor soviético con The last waltz, la película/documental de Martin Scorsese que recogía el último concierto de The Band, evento en el que participaron, entre otros, Muddy Waters, Neil Young o Bob Dylan.

Lamentablemente, no hubo último vals en Valencia. La tromba de agua que cayó sobre la ciudad levantina fue bíblica. Dicen que, a pocos metros de los Jardines de Viveros, donde se iba a celebrar el concierto, Noé metía, en un yate –no sé si- gürteliano, a una pareja de ardillas, a otra de lobos, a otra de águilas, y así. La meteorología no ofreció tregua alguna y se suspendió, con toda la lógica del mundo, el concierto. Lo contrario hubiera sido no ya peligroso, sino suicida.

A eso de las cuatro de la tarde, a 20 kilómetros de la ciudad, Valencia no se veía, sino que se intuía a través de una bruma nubosa, líquida y espesa, más propia de una selva tropical, al estilo de la de Gorilas en la niebla, por ejemplo, que de una urbe mediterránea. Llovió algo, pero amainó el temporal a eso de las cinco. El manager Nacho Royo, entre las cabinas del personal, me decía: “En 30 años de profesión no me ha pasado esto. Anda, que como cancelemos en fin de gira”. La otra manager, Marisa Corral, maquillaba su preocupación con bromas: “Acabo de hablar con una amiga. Le ha puesto no sé cuántas velas a no sé qué Virgen”.

Pasan los minutos y las nubes siguen acechando, pero de modo pasivo, sin alterar el orden. Prueba de sonido. Suenan “Mar de dudas” –toma ironía- y “Bujías para el dolor”. Nos saludamos Enrique Bunbury, su mujer, José Girl, y quien les escribe. El artista me da las gracias por la cobertura de la gira. Sin entrar en detalles, porque Bunbury es un tipo que guarda de forma hermética su privacidad, y bien que hace y hay que respetarlo, tengo que decir que conversamos durante un buen rato tras el concierto de Madrid. Hablamos sobre Palosanto, medios de comunicación, juventud. “Cuando tengas un rato, me gustaría hacerte unas preguntas, no como el otro día, sino en plan entrevista”, le digo. “Cuando todo se tranquilice sacamos un momento, no te preocupes”, me responde. Cualquiera imaginaba la que (nos) iba a caer encima.

Quino Béjar es el percusionista de Los Santos Inocentes. Le cuento que, en mi opinión, una de las partes más llamativas, atípicas y brillantes de los conciertos es cuando él se marca un solo con sus instrumentos en “Bujías para el dolor”. Cuenta Quino: “No fue algo preconcebido. Estábamos ensayando, yo hacía mi parte, y Enrique me pidió que siguiera un poco más. Notamos que funcionaba, nos gustó y se quedó”. A su lado, Jordi Mena, concentradísimo, juega con su guitarra y prueba sonidos.

Siguen avanzando los minutos. La lluvia no aparece. Llega el futbolista David Generelo, junto a su novia Alejandra y al hermano de esta, Miguel. Coincidí con ellos en Barcelona, nos caímos bien. La idea era disfrutar juntos del concierto, bocadillos de tortilla de por medio. Se une a nosotros mi amiga Gloria. Apertura de puertas. Los fieles de Bunbury maratonean ansiosos hacia la primera fila. La gente va tomando posiciones, la masa va creciendo. Todo está listo para que arranque el show.

Entonces, cayó una gota, y luego cayeron cien, y luego cien mil, y luego nos tuvimos que refugiar –bendito pase de prensa- debajo del escenario porque, como ya he dicho antes, sobre Valencia se desplomó el Diluvio Universal. El público aguantó durante largo rato, coreó el nombre de su ídolo varias veces, se empapó bajo la tormenta. Dentro, gentes corriendo de un lado para otro, incluida Marisa, grabando con su teléfono lo que estaba ocurriendo. El final, ya lo saben: concierto suspendido. La despedida fue agridulce, tierna, especialmente con Nacho y con Marisa: “Vente a México, con lo de Calamaro, o a Nueva York, convence a quien tengas que convencer y cubres la noticia”. Ay, si pudiera.

Finalizo: es de bien nacidos ser agradecidos. Así pues, van mis gracias a Nacho, a Marisa, a Víctor, a Los Santos Inocentes, al propio Enrique Bunbury, a José Girl (hasta nos hizo una foto, qué más se puede pedir dentro de los límites), a la gente que he ido conociendo por el camino, y a Warner Music y a Rock FM, por la oportunidad.

JESÚS F. ÚBEDA





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