Van Morrison en el Wizink Center de Madrid: el concierto perfecto

Si Van Morrison no existiera habría que inventarlo, ayer demostró en el Wizink Center de Madrid que es uno de los músicos más talentosos de la historia.
  • Óscar Lafox

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El mundo necesita más personajes como Van Morrison, un hombre de fe ciega en lo que escribe y compone que no necesita fuegos artificiales para anunciar que su presencia en el escenario va a ser épica. El personaje se ha construido no sin dificultad, porque los que damos cariño desde la grada, también nos gusta recibirlo desde el escenario, pero con Van no lo vamos a conseguir, nunca. Anoche se hubiera escuchado si al guitarrista se le hubiera caído una púa al escenario enmoquetado, porque el respeto que se profesa al León de Bealfast es único y, aunque el Wizink Center de Madrid estaba a rebosar, solo se escuchó música.

Desde el primer segundo la sonorización fue impoluta, hacía años que no escuchaba todos los instrumentos colocados en su sitio desde el inicio, pero no es menos cierto que parecía que los vecinos se habían quejado del volumen y faltaban muchísimos decibelios para poder apreciar sin esfuerzo lo que ocurría sobre las tablas, baste de ejemplo que cuando sonaban las palmas del respetable, a la banda no se le escuchaba. Esto sirvió para concentrarse aún más en la enormidad de la música que nos regalaron, se notaba que los aplazamientos de este concierto habían pasado a la historia y, por fin, podíamos ver al de Bealfast.

Óscar Lafox

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No daban las 20:30h. y en el escenario ya estaba la banda para recibir al genio con el ritmo animado de “Caledonia Swing”, al que seguía “Latest Record Project”, la que da título a su último trabajo, que acaparó todo el protagonismo de la jornada, mostrando que le da igual lo que quiera el público, no necesita un concierto de grandes éxitos, de hecho no hubo más de 5 ó 6 en la hora y media larga de show.

Ni un “hola”, ni un “gracias”, sólo música, escenario sobrio sin más colorido que unas luces inmóviles que enfocaban directamente a lo importante: un guitarrista, un saxo tenor, un bajista, un batería, una corista, una percusionista/xilofonista y un teclado rodeaban a Van, que, a veces a pecho descubierto, otras con el saxo soprano o con la armónica, regaló una voz que a los 76 años mantiene clara y nítida como el agua. Así transcurrían los temas hasta que llegó el primer impulso motor que hizo cantar al público: “And It Stoned Me”, único recuerdo de la noche, junto a “These Dreams of You” de su ‘Moondance’, que provocaron el primer vuelco de corazón.

La noche transcurría a ritmo de blues y R&B, hasta que llegó uno de los momentos más hermosos con un soul que cantó combinando estrofas con su increíble corista, que dejó momentos de un derroche vocal de otro mundo. El primer enfado del irlandés fue en “Cleaning Windows”, solo él supo lo que le ocurrió al bajista o al saxo, pero si hubiera tenido una guillotina a mano podría haber pasado cualquier cosa. Transcurrían los solos de uno y otro a ritmo vertiginoso; las virguerías del guitarrista corrían como la pólvora dejando momentos únicos que yo, particularmente, no olvidaré, pero es que, si no era él, la magia se trasladaba al hammond o a los saxos; así llegaron al “Sometimes We Cry” que se convirtió, por derecho propio, en una de las más aplaudidas por el derroche de calidad que dejó.

Óscar Lafox

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No puedo dejar de lado el momento de “Baby, Please Don’t Go/Got My Mojo Working”, que para mi era de los más esperados, no sé que me ofrece ese tema desde que era pequeño, pero forma parte de mi imaginario musical desde hace décadas, Van, armónica en mano me recordó el motivo que me llevaba al Wizink y por el que salí de allí engrandecido.

Tuvo, cómo no, recuerdos para Bo Diddley o su admiradísimo Sam Cooke, con “I Can Tell” y “Laughin’ and Clownin’”, así como el “Help Me” de Sonny Boy Williamson que utilizó para retirarse del escenario antes de entrar en la recta final con los dos clásicos que, desde hace ya mucho, ponen el punto y final al concierto: “Brown Eyed Girl” y “Gloria”. El primero fue un derroche de talento, lo nunca visto ocurrió, y Van Morrison dejó que el público cantara los “Sha-la-la, la-la, la-la, la-la, la-la tee-da” y los “Gloria”, algo que muchos vieron como una muestra de gratitud pocas veces vista en Van Morrison. Al final, como viene siendo habitual, él se marchó a paso lento mientras la banda se quedaba dando los últimos acordes improvisados sobre “Gloria” a modo de presentación de cada uno de los miembros.

Aunque Van Morrison no sea un dechado de amabilidad, aunque entre canción y canción solo haya un respiro de dos segundos y aunque no haya espectáculo de luz y parafernalia, solo música, lo vivido anoche fue de otro mundo y mañana lo podrán revivir los que asistan al Colisseum de Coruña a ver al jefe irlandés; es cierto que puede pasar cualquier cosa, pero difícilmente se verán decepcionados, a no ser que el volumen esté más bajo aún que en el Wizink Center de Madrid.


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