Metallica siguen muy vivos después de tres años de calvario y hacen magia en el Mad Cool

Metallica vuelve a España mejor que nunca y demuestran que el rock sigue muy vivo en Madrid
  • Andrés Iglesias
Mad Cool

Tiempo de lectura: 3’

Ya ha llovido desde la última visita de Metallica a España en 2019. Nosotros estuvimos ahí, ignorantes de todo lo que estaba por venir. A los pocos meses, James Hetfield entraba en rehabilitación por culpa de una recaída en el infierno de sus adicciones. Después, la pandemia de la COVID. Los de San Francisco han pasado por un calvario, como todos, pero en su caso aún más largo. Su concierto en Mad Cool tuvo algo de redención, de magia y de desquite al mismo tiempo.

Pongamos las cosas en contexto: quien escribe estas líneas tuvo la suerte de ver a los de San Francisco desde una posición privilegiada, prácticamente pudiendo tocar a James Hetfield, Robert Trujillo, Kirk Hammett y, en ocasiones, incluso al bueno de Lars Ulrich. Esta crónica es un reflejo de esta experiencia, pero, como en todos los conciertos, lo que cada uno haya vivido y escuchado depende mucho de cientos de factores. Para los que yo tenía a mi alrededor, fue una experiencia irrepetible.



Metallica han tenido la inteligencia de saber jugar, como ningún otro grupo, con su repertorio. Llevan desde 2016 sin publicar un disco, pero, cuando tiran de catálogo, saben dónde meter cada canción para hacer feliz a todos los que van a verles. Creo que, sobre todo, son conscientes de cuáles son sus puntos fuertes y sus puntos débiles, sabiendo aprovechar ambos al máximo.

Al atardecer, Metallica se reencontraba con nosotros al ritmo de “Whiplash”. Y es que no hay nada mejor que empezar con un clásico para poner al público a tono. ¿Lo mejor? Con dos baterías, decenas de micrófono y dos rampas, el cuarteto al completo no dejaba de moverse y, desde el primer instante, estuvieron cerca de su público. Energéticos y sonando como siempre (¡o como nunca!), nuestras amadas estrellas de San Francisco no tardaron en ofrecernos “Creeping Death” y, para sorpresa de muchos, “Enter Sandman”.

Este, sin duda, fue un punto clave del show. Dándole la vuelta a las expectativas, la banda nos enseñaba su as en la manga junto al principio. Se acercaban sorpresas. La mayor de la noche fue, sin duda, una joya escondida que nadie se esperaba.

De repente, y a esto me refiero cuando digo que Metallica sabe jugar con su set, James se para y nos pregunta qué nos parece 'St. Anger'. Él sabe que no es, precisamente, el disco favorito de la gran mayoría de sus fans, pero sabe reírse de ello y, no solo eso, sino ponerlo en valor. “Está empezando a gustarle más a la gente”, dijo el cantante ante la sorprendente respuesta -positiva- de los presentes. Y va y toca “Dirty Window”. Ni “Frantic” ni el single que le da título al redondo de 2003. Y encima le mete un solo de guitarra. Sin palabras.



Solo sonaron 16 canciones, pero fueron suficientes para dejar a todo el mundo feliz. En “Moth Into Flame”, la pirotecnia era tan intensa que, si estabas lo suficientemente cerca, podías sentir el calor del fuego en la piel. Si esto no es una experiencia más allá de la música, no sé qué lo es.

La banda se mostraba feliz, enérgica, y eso se notó en todo momento. No podemos olvidar, tampoco, del precioso detalle que James Hetfield tuvo en “Fade to Black”. Y es que, a mitad de la canción, el cantante paró y dijo algo así como: “El suicidio no es un tema divertido. Parece que está prohibido hablar de ello. Metallica habla de ello y todos lo hemos sentido cerca alguna vez. Si sientes algo así, por favor, habla con alguien, porque eres querido y valorado”. Que alguien como él se pare a hablar de esto delante de decenas de miles de personas tiene un valor incalculable. Gracias.

Para finalizar, Metalllica nos regaló una joya, “Damage Inc.”, seguida de “One”. Lo mejor, sin embargo, fue el final: “Master of Puppets”, un tema que habla de las adicciones. Cuando terminó, la banda se retiró, pero no toda. Una ráfaga de fuegos artificiales adornó el cielo del Mad Cool y James se quedó mirándola, apoyado en su guitarra, con una sonrisa en su casa, como si, después de tres años de infierno, por fin hubiera vencido. Lo ha hecho, sin ninguna duda, y puede sentirse orgulloso.





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